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El concepto de distancia óptima refiere a la mejor distancia -lejanía en tiempo y/o espacio- para cada cual, respecto de una cierta problemática. Si por ejemplo, nos situáramos a 10 metros de otro e intentásemos ver el color de sus ojos, no podríamos precisarlos. Si ponemos la frente de uno contra la del otro, tampoco. Deberemos separarnos un tanto del otro -más no demasiado-, hasta poder distinguir el color. Obviamente podemos ubicar una serie de variables que modifican nuestra propia distancia (cantidad de luz del lugar, dificultades ópticas, conocimiento del otro, etc.). La distancia óptima no es una regla, ni es única: cada uno deberá encontrar la suya. Ahora, si hablamos de otro sujeto -ya no del color de sus ojos-, nos encontraremos con una diversidad de distancias a tomar. Emociones, saberes, acciones. ¿Cúales son las óptimas formas de cada cual de distanciarse de las emociones, de los pensamientos, de los comportamientos? No poder distanciarse implicaría quedar pegado a lo del otro.

Y lo óptimo de ese distar, refiere tanto a aquél espacio diferenciado del otro, como al tiempo: la llamada “estructura de demora”. Esta última será el reverso de la reacción automática que expele en un rebote hacia afuera aquello inadmisible, que no se admite. Poder esperar, demorarse en lo que se está, hasta tanto sea más claro para uno y se diferencie lo propio y lo del otro.

El sentido que esta distancia tiene, es la de poder operar. Si la angustia del otro me invade por la cercanía (interna) en la que me hallo, no lo voy a poder ayudar. Si estoy muy lejos tampoco, ya que me resultará indiferente.

¿Cuál es el sentido de conocer la propia distancia óptima frente a lo problemático? Este sentido refiere a fines. Comprender los fines (por ej. en nuestro caso, educativos) para instrumentar así los medios, desde el lugar en el que nos hallamos... Poder ver cómo el otro ve – comprende – piensa, nos da mayor conocimiento para nuestras acciones. Enseñar, aprendiendo a ver cómo el otro aprende. Pero los estudiantes no son máquinas, les pasan cosas y al docente le pasan cosas con las cosas que les pasa a sus estudiantes.

Entonces, encontramos otro concepto enlazado al de distancia óptima, el de disociación instrumental, que ubica un cierto corrimiento con el propio impacto, con el fin instrumental de poder operar, es decir, de poder realizar una operación, una acción conducente a algo. No se trata entonces de no dejarse impactar por la problemática de otro, sino de poder correrse para discriminar lo propio de lo del otro. Y así poder encontrar el límite subjetivo de las cosas que puedo y de las que no puedo... Ver cómo el otro ve (el mundo).

El docente se encuentra con otros actores educativos, además de sus estudiantes: otros docentes, no docentes, directivos, padres. Poder diferenciarse instrumentalmente, es óptimo. A veces, el otro está irritado; el desafío es poder discriminar lo que uno siente de lo que piensa de lo que hace, de lo que siente - piensa - hace, el otro.
Una docente cita esta frase de una colega: -“¡Esto no lo aguanto más!”. Ante este hecho (que es a la vez una interpretación) cada uno tiene distintas posibles lecturas. Puedo acercarme – alejarme – escuchar lo que el otro dice. ¿Me lo dice a mí? ¿O lo dice porque es lo que le está pasando? Poder dar cuenta de lo que a uno le está pasando (¡no es que le pasa y uno no se “entera”... ¡se trata de uno!). Dar cuenta de esto implica también poder contarlo...

Verse como sujeto observador...

Esta temática intentamos trabajarla proponiendo un ejercicio:
En un pizarrón se dibujan esquemas simples de caras humanas con diversas expresiones (redondeles con líneas como boca, nariz, ojos, cejas... 8, en total).  
1. Ven las caras y anotan la emoción correspondiente a cada una (individualmente).
2. Con la lista de emociones, tratan de ubicar cuáles podrían ser los pensamientos correspondientes a esas emociones.
3. ¿Cuáles serían las acciones que se correspondan con esas emociones y con esos pensamientos?      
4. Ubican situaciones de la cotidianeidad en las cuales aparecen esas emociones.

En pequeños grupos (de cuatro integrantes) comparten ideas sobre la correlación entre emoción-pensamiento y acción.
Las caras: ¿de quién son? ¿del otro, de uno...? Aparecen diferencias: la misma cara tiene emociones distintas para cada uno y lo percibido determina dicha correlación). Aparece también una cierta dificultad para distinguir y lograr una cierta integración entre la emoción, la idea y la acción. Por ej., alguien dice lo que siente y lo que haría, pero no halla qué es lo que piensa (por lo cual querría hacer eso que haría).
El confrontar con la mirada de los otros multiplica nuestro punto de vista, desafía la supuesta objetividad de la expresión del esquema de la cara.
Se tejen alternativas diferentes ante lo aparentemente unívoco de la secuencia causa-efecto; por ej. si alguien estuviera triste por quedar sin trabajo, puede pensar que debe exigir que lo indemnizen, o que le tienen que prestar dinero, o que debe buscar nuevo trabajo... Y las acciones cambiarán, se trate de uno u otro caso.
En este ejercicio aparece claramente cómo los esquemas de las caras tienen un aspecto de percepción y otro de proyección. Según la interpretación propia, será mi distancia óptima (y posible disociación instrumental para actuar).
Pichón-Riviêre decía que el vínculo es bipersonal (aquí y ahora conmigo) pero tridimensional, ya que remite a un otro internalizado (allí y entonces con otro).
El proceso de construcción de un vínculo (y los docentes deben reiniciarlo al comienzo del ciclo lectivo, con cada estudiante) es hipercomplejo, ya que cada cual construye su nuevo objeto interno a partir del externo, apoyado en aquél otro ausente en cuerpo pero presente simbolicamente, a quien -vía identificación- se remite... Además se suma la resultante de la interacción del interjuego de ambos; la construcción vincular es diferente para cada uno de los implicados. Si pensamos en lo grupal, hay múltiples vías identificatorias – transferenciales que suponen una dinámica compleja.
Entonces -paradoja mediante-, la distancia óptima nos posibilitaría un mejor acercarse y la disociación instrumental, una mejor integración.