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Parte de este trabajo fue presentado en una ponencia en el Primer Congreso Internacional de Verano “Desarrollos en Musicoterapia”, 2004.

Introducción:
La intención de este trabajo es pensar la naturaleza de la producción subjetiva en arteterapia desde un punto de vista vincularista. Este término (del latín vinculum, atadura) refiere aquí a la relación de terceridad en las complejas relaciones entre sujetos y objetos (S – O), es decir, aquello que ata o enlaza, cual lazo que une cuestiones de estructuraciones diferentes: S. y O.
Lo vincular en sus dobles dimensiones, intrasubjetiva e intersubjetiva: con los objetos -tanto materiales como internalizados- y con los sujetos -tanto reales como historizados-.
Asimismo, la construcción de un objeto artístico en arteterapia, lo pensamos a la vez como reestablecimiento dentro de un órden simbólico y subjetivo de un objeto internalizado y como establecimiento y capacidad de creación -posibilidad de “autocomienzo”-, en un interjuego de lo viejo y lo nuevo, la significación y la resignificación que es pasible de darse en esa -su- construcción.
Aquella dimensión de reestablecer refiere a los actos reparadores en esa vinculación intrasubjetiva; la del establecer, implica y supone actos de protagonización singular y producción subjetiva e intersubjetiva. Ambos términos (referidos a establecer) tienen su raíz latina en el verbo estar.
Aquí postulamos la producción artística en arteterapia desde el concepto de narratividad, como construcción de cosmovisiones creativas y creadoras, por lo tanto, salutíferas. Resulta relevante que el término narración (proveniente del latín narratio, del primitivo gnarigare, de gnarus, conocedor e igare, de agere, hacer), conjugue un conocer con un hacer.
Podemos hallar entonces un conocer a través del hacer, virtud de la producción de (un) objeto que puede conducir a un saber sobre el sujeto.
Dialéctica entre los saberes y las ignorancias, ambas en un movimiento dialógico en un hacer desconocido, novedoso, que aporta nuevas narrativas sobre lo viejo conocido.

En la producción arteterapéutica, podríamos dialectizar una confluencia de oposiciones, cuyas vinculaciones permitirían operatorias en el encuentro del sujeto con su hacer, concibiendo complejidades a entrelazar, ataduras a relacionar:

El sujeto – el objeto.
Lo propio – lo ajeno.
Lo idéntico, la repetición – la diferencia.
Lo determinante – los acontecimientos novedosos.
El sujeto – el grupo – el coordinador.
El discurso – el silencio.
La presencia – la ausencia.
El presente – el pasado – el futuro.
La posición – la oposición – la composición.
El yo – el ello – el super-yo.

Estas oposiciones se hallarían leídas -desde el arteterapia-, enmarcadas en una regla que les brinda sentido, que las organiza; en nuestro caso, el encuadre, cuyo marco, a través de la consigna -su dimensión técnica-, otorga la validez de la búsqueda expresiva: cambiando éstas, la producción es diferente. Hay algo pro-positivo en esta búsqueda, pero que permanece abierta a lo que devenga, como un proponer receptividad, como una instancia de dejar hacer para que el hacer se produzca.

Tratar la producción en arteterapia como un espacio intermediario supone una ubicación de un “entre medio”, es decir, de una terceridad -instancia reguladora, vinculante-.
En lo construido – concebido en ese espacio “inter”, hallaríamos en un hipotético polo, una interioridad subjetiva y en el otro una exterioridad objetiva. Se sintetiza aquí cómo es re-presentado el objeto para el sujeto y cómo lo que presenta el objeto retorna sobre aquél, modificando con lo novedoso, su representación.
Cabría ubicar asimismo un revés de aquella polaridad, donde hallaríamos dimensiones objetivas y subjetivas en aquello ubicado como exterioridad y como interioridad. Tanto la materialidad del objeto como del sujeto, presentarían miradas exteriores e interiores, con las nuevas producciones que estas lecturas habilitarían.
Podríamos relacionar conceptualmente la acción del sujeto sobre el objeto con los conceptos de asimilación y acomodación, con el agregado de otorgarle a ese objeto, la virtud de dejarse crear / construir y desde ahí, una cierta autonomía y protagonismo que interjuega con el autor -verdadero protagonista-. Es decir, la potencia modificadora no concluye en ese movimiento de la acción del sujeto sobre el objeto, ya que éste es modificado por enorme series de variables desconocidas por el sujeto y en ese retorno se producen nuevas cosas, cuya complejidad esboza creativamente nuevas lógicas simbólicas.

La terceridad aquí se la podría pensar -desde lo dialéctico-, como un espacio de co-creación de todas las instancias que se ponen en juego allí, un espacio inter, un tiempo inter, las relaciones con los otros y con las cosas, regulados, articulando las primeridades (las cosas) y las segundidades (los sujetos) por esa terceridad (la relación).

Vincularidad, entre sujetos

En el vínculo, la relación con el otro desde cada uno, tendría dos caras, sería “bifronte”: una interna y otra externa.

a.) La cara interna remitiría a un otro histórico (no necesariamente historizado, aunque sí altamente significativo), un otro internalizado que ha quedado sin rostro aunque algo lo recubre, como una “máscara”. Es decir que a lo otro, lo ajeno, se le establecería un puente virtual, enlazado con ciertas huellas vinculares, rasgos de otros significativos, modalidades de presencias, pero esbozados en una máscara -en una cara-más-, no fieles a algún rostro identificable. Ese otro-en-mascarado es re-presentificado en ese otro real que está allí mirando, hablando, proponiendo, escuchando. En el mejor de los casos, halla una superposición discriminada en el juego de la proyección-introyección, es decir, es identificable en rasgo a otro historizado, vale decir, pueden ubicarse los extremos de ese virtual puente, encontrando dónde (rasgo) se enlazan ambos.
 
b.) La cara externa implica ese contacto real y “tangible” que resulta del intercambio con la presencia de otro sujeto. Afortunadamente, aquella cara interna no coincide con el otro real (aunque por instantes refleje vestigios de esa re-posición), dando lugar a lo nuevo que aporta la otredad y la construcción intersubjetiva que allí puede realizarse.

La relación que se va estableciendo bordea ambos frentes, a la vez que instituye modalidades de interacción en el presente, destituye y restituye otras ausentes, anunciando campos posibles a recorrer en ese vínculo entre sujetos.
La constitución del aparato psíquico está determinada por la capacidad de instauración de lo simbólico. Ubicando características de la conformación histórica de ese espacio, encontramos que -desde el psicoanálisis- la identificación, como primer acto psíquico, tiene un proceso de formación compleja, vincular, apoyada en los otros significativos. Con fallas en esta constitución subjetiva, el sujeto se vería atrapado cual objeto de un Otro, del cual le resultaría difícil salir.
Si pensamos, partiendo de Anzieu, en la constitución del aparato psíquico como grupal, podremos ubicar una trama vincular simbólica planteada como un escenario fantasmático, es decir, dinámico y dramático, red entramada en la cual el sujeto se hallaría internamente relacionado con otros (imagos) cuyas presencias -internas- se escaparían por aquél, su carácter fantasmático. Repensando la temática de la vincularidad y hallando diferencias entre las determinaciones y las situaciones que dan lugar a lo novedoso, nos encontramos con un interjuego de lo conocido, la continuidad, lo sabido del vínculo, las definiciones que lo identifican, con aquello que introduce acontecimientos discontinuos, fugacidades que no están enmarcadas ni relacionadas con el pasado y que posibilitan la riqueza del intercambio novedoso. El psiquismo sería entonces, funcional al vínculo -ni a lo endógeno ni a lo exógeno, sino a ese espacio “entre”-.
El vínculo, como interconector entre dos entidades, tendría un efecto de encuentro sin tope identificable. Esa interconexión, ese espacio entre -espacio intermedio- es aquel borde, cual bisagra, que instituye cada entidad. El sujeto no estaría sustancializado (concepción identitaria) sino que sería un lugar sujeto, componible desde ese encuentro con el otro, los otros, desde la compleja multiplicidad de lugares adentro – afuera y tiempos (presente, pasado y futuro). Multiplicidad de sujetos (sometimientos) en ese uno que prolifera bajo el nombre propio, tanto reconocibles como desconocidos en sí.
El vínculo se encontraría en esa producción de devenir otro con otro y otro en sí, en ese saber del desconocimiento de sí con el otro y del otro con uno. Si esa producción propia, cuales pinceladas repetidas de un pintor sobre una tela (marcaciones de diferencia), fuese producida en otro, ya no lienzo receptivo y sumiso, sino sujeto que a su vez da pinceladas en su otro -nosotros-, el vínculo tampoco debería de pensarse como uno. No un vínculo sino doble, un doble de doblez, no contradictorio, no del órden de la oposición sino del revés, como un tapiz cuya figura se encuentra de uno de sus lados pero cuyo reverso entrama un tejido que la sostiene. Cada cual tiene su tapiz y su revés es nuestra figura. En la posibilidad de ver doble, no hay producción sin producto, no hay sujeto sin vínculo, no hay constitución sin destitución, no hay representación sin presentación, no hay posibilidad sin imposibilidad. Se ve distinto desde la diferencia que desde lo identitario (como si solamente encontráramos lo que estábamos buscando o tuviéramos ojos que puedan al-ojar lo diferente). Mirada que procura el encuentro de lo que une y separa, de los dobleces, de los anversos y los reversos, de lo ajeno y de lo propio, sin intentar reducir cada una de las caras de una moneda a una de ellas, ni descontar el canto, que le da grosor. La ajenidad no es del otro: la propiedad de lo propio, la ajenidad de lo propio, se juegan en ese encuentro, productor de diferencias.

Los lazos que se establecen en las intersubjetividades posibilitan pensar la complejidad de lo grupal desde múltiples dimensiones. En tanto hay otro real, esa presencia hace contraste con aquella dimensión internalizada. Esta cuestión se relaciona estrechamente con la posibilidad otorgada a través del lenguaje del arte y especialmente, en arteterapia. La riqueza de la diferencia, de lo otro y de los otros (lo ajeno), propone conmociones a los saberes de lo mismo, de lo conocido (lo propio). Saber de sí, saber del otro: es nuestra responsabilidad como sujetos la dimensión del “sabemos lo que conocemos” y “sabemos lo que no conocemos”; aunque también ocupa un lugar relevante el hecho de “no saber lo que conocemos” y de “no saber lo que no conocemos”. Esto es de fundamental importancia para la responsabilidad de un saber de lo propio y del otro en cuanto a lo que el vínculo posibilitaría, tanto entre los sujetos como entre éstos y sus objetos...

En las intersubjetividades del trabajo creativo en grupos ¿qué particular relación se genera para el beneficio psíquico subjetivo? Y en ese intercambio ¿en qué le aporta al sujeto la experiencia del otro, siendo que la experiencia le es propia a cada cual? El interjuego de las diferencias subjetivas, crea diversidad de líneas que otorgan nuevos sentidos a la captación de sí y del mundo. El beneficio puede ser pensado como resignificación, una nueva narración, una nueva historia. La experiencia del otro hace (otra) experiencia en mí.

La reactualización vivida con otros reales se hallaría referida a aquel grupo interno e intenta en parte recaptar aquello que sostiene esa grupalidad, red significativa -simbólica- de afectos de y para con otros. Esta recaptación brindaría una posibilidad de aprehensión de eso inasible de esos otros internalizados. Es aquí donde, a través del despliegue de otros decires (representaciones), imágenes, movimientos, sonidos, textos, etc., hallamos vías de encuentro y reencuentro con reediciones y ediciones vinculares significativas. Lo intermediario aquí se pone en juego con estos decires, entre esa dimensión fantasmática vincular y el encuentro con los otros sujetos que desdicen y contrastan el lugar de objetos al cual son fantasmáticamente referidos. Ruido ocasionado entre el lugar de objeto y su ser sujetos. En vez de que los fantasmas luchen en uno, uno debería poder luchar contra la misma lucha fantasmática, para que uno y otro se presentifiquen.

Habría también un proceso de terceridad al ubicarse uno mismo en referencia a su propia historia y con la presencia del otro significativo. Es decir, ese otro que uno fué, referido desde aquél que uno presencia de sí en sí mismo, junto con la presencia del otro. Ese encuentro con el otro real panea hacia ambos lugares-tiempos: nuestro propio pasado y nuestra percepción (en tiempo real) de la presencia conjunta. Un paneo prospectivo, seguramente escudriña esa presencia.

En relación al vínculo arteterapeuta-paciente(s) éste posee varias dimensiones que se entrecruzan y que deben de poder discriminarse:

La dimensión educativa;
La dimensión artística;
La dimensión terapéutica;
La dimensión simbólica.

Cada una de ellas se subdiviría en varias otras: en la dimensión educativa, el vínculo del sujeto que aprende con aquél que enseña y ambos en relación con el objeto a aprehender (aspecto de aprendizaje en juego aunque no sea éste un fin en sí mismo sino un medio). Valga aquí distinguir que aprender arte no es lo mismo que enseñar arte, son procesos diferentes, no se deduce de uno el otro; en la dimensión artística, el vínculo que se establece entre los saberes, las apreciaciones, las categorizaciones, las estéticas y las valoraciones en general sociales, culturales e intersubjetivas que se ponen en juego (un grupo hace un móvil, se divierten, disfrutan ¿están jugando o están haciendo arte?); respecto de la dimensión terapéutica estaría tanto la relación terapeútica, el contrato terapéutico, los aspectos transferenciales - contratransferenciales, como los económicos, legales, éticos; por último, la dimensión simbólica se enmarcaría en lo socio-histórico cultural, sobrepasando los aspectos transferenciales ya que la inclusión de objetos artísticos -simbolismo mediante- generarían un plus no ligado con exclusividad a la relación transferencial.

Vincularidad, entre sujeto y objeto

*Remito al lector al capítulo Arteterapia y Semiótica donde encontrará mayores desarrollos sobre este tema.

¿Qué relación establece el sujeto consigo en el proceso de la producción creativa? Si la producción es definitivamente un objeto (de la naturaleza que fuere) hay por un lado un hacer del sujeto que se “utiliza” a sí mismo como mediador para producir ese objeto: de ahí la pregunta por la relación consigo. Pensemos el conocimiento de su cuerpo de un músico, de un actor, de quien danza, de un escultor. ¿Qué saber obtiene de sí, de su proceder, en términos de saber objetivable? Además y simultaneamente, debiera de poder utilizarse a sí mismo como objeto, esto es, poder manipular-se en un hacer para que el objeto advenga, provenga desde sí.
En este vínculo del sujeto con el objeto, nos preguntábamos ¿Por qué ese objeto genera ese campo de trabajo posible y no otro? ¿de qué manera la “devolución” que hace el objeto es capaz de transformar al sujeto?

“La palabra relación debe tomarse en su sentido pleno: se trata, de hecho, de una interrelación, es decir, no sólo de la forma como el sujeto constituye sus objetos, sino también de la forma en que éstos modelan su actividad”. Laplanche, J. – Pontalis, J. Diccionario de Psicoanálisis, Labor. Madrid, 1983. (El subrayado es mío, A.R.)

El objeto me dice algo en su objetividad que retorna sobre el sujeto, implicando su subjetividad. El acto del sujeto genera objeto (la escena dramática, la pintura, la música, etc.).
Es en la construcción de significaciones que ese objeto en sí, en tanto objeto para mí - objeto para el otro (es decir, su dimensión intersubjetiva), puede abrir caminos de comprensión a través tanto del entendimiento como de la sensibilidad y la emoción, ligadas ambas en esa acción, para que aquella construcción significativa de los objetos, retorne sobre los sujetos.

Si es posible un encuentro entre sujeto y objeto no es sino para nuevos encuentros con otros… otros perdidos, otros reencontrados, otros hallados. Los actos de los sujetos generan objetos que se metaforizan en el arte.
El hacer – acto vacía una ausencia, llenándola de nuevos sentidos. Esos sentidos producen movimiento, son productos de lo que se inquietó y desde lo vacío se comienza a producir subjetividad, se tejen tramas, historias que crean, allí donde vacío era, creación advino.
La actuación que redunda en el objeto remite a lo que fué posibilitado por la seducción que éste le provocara al sujeto, diría Baudrillard.
Decíamos que en la producción artística las predicaciones del sujeto conforman acciones en el hacer y el hacer-ser de los objetos, las cuales vuelven (re-tornan) sobre el sujeto en aquella, su producción. Estas predicaciones son entendidas aquí como formas narrativas, decires que impulsan acciones, que pulsan por objetivarse, pudiendo así independizarse de sus dueños, los sujetos, sometedores sometidos (subjectus, puesto debajo, de subiiecere someter).

Arteterapia como terceridad

¿Qué es lo que resulta intermediario: a qué, entre qué? Lo intermediario tiene por un lado un soporte material que no es indiferente al despliegue que sobre él puede realizarse. Este soporte material es tanto: movimientos, imágenes, colores, sonidos, etc., como discursos artísticos - expresivos. Por otro lado, implica una serie de representaciones que difieren en cada sujeto; esto es, aquella captación de esa materialidad -lejos de ser “objetiva”-, está cargada tanto de significaciones  culturales socio–históricas, como singulares, que brindan espacio para el despliegue de su subjetividad (por ej. una música “tranquila” remitiría a distintas personas, afectos disímiles).
La base material ofrece ciertos canales, ciertas vías que pueden encontrar en el despliegue simbólico, un sostén para la emergencia de la subjetividad, aunque no suponen necesariamente esa emergencia.

Además, tendríamos que pensar que el espacio intermediario implica a otro -transferencia mediante- quien realiza una lectura de esa producción. Habría un “algo” de dedicación a ese otro que está ahí, atento a la producción, atento a la necesidad, atento al movimiento emocional que la acción dispara. Es decir, el otro está allí, en una disposición de amor. No soy cualquiera para el otro. El otro no es cualquiera para mí.

El Arteterapia vincularía:

Primeridad: la cosa, los objetos, el arte.
Segundidad: los sujetos, la interacción, el vínculo; la relación paciente – terapeuta.
Terceridad: la comunidad de un hacer en un encuadre, para un proceso arteterapéutico.

El encuentro entre el sujeto y su producción objetiva,

Primeridad: El sujeto.
Segundidad: Los predicados (aquello que hace referencia al Sujeto).
Terceridad: El verbo, la acción (que enlaza a ambos en un movimiento).

Entonces, tanto la función de terceridad, como la vincularidad de un sujeto en sus predicaciones (narrativas) en un hacer (acción - verbo), nos ampliarán la comprensión de los procesos y producciones promovidos en Arteterapia. Éstos, implican procederes que habiliten otras versiones de las narrativas. Si /versión/ lo pensamos como “versar sobre” (del latín versio, versionis, de versum, dado vuelta, traducido, de vertere, dar vuelta, cambiar, traducir), podemos hallar en el arteterapia el posibilitar nuevas significaciones de las versiones, abriendo, cuestionando, creando, deconstruyendo, produciendo espacios donde las aversiones (aquello repulsado), las subversiones (las versiones por debajo, las prohibidas desde arriba) realicen reversiones (una vuelta a otra versión, otra mirada) y ¿por qué no? con diversión (de dos versiones, que generan gracia por existir otra forma de la única versión) para una inversión, como retorno sobre sí, como el recupero de una versión interna, original, de su origen.

La relación que se establezca entre sujeto – objeto será nuestro tercer término. La relación y creación de objetos subjetivantes, producen procesos. Si de relación se trata, es en una concepción de relato – narratividad, entendida ampliamente como conocimientos - haceres - historizaciones, la que posibilitaría una producción de subjetividad, creaciones vinculares, diversidad de significaciones simbólicas, a través de las vías regias ofrecidas por los caminos del hacer artístico, en aquellos lugares - tiempos (encuadres) que posibilitan los procesos arteterapéuticos.

Conclusiones

La posibilidad de lo terapéutico habilita el poder entrar en un espacio imaginario para reencontrarse con lo conflictivo (en el encuadre de un tratamiento, donde uno puede meterse con lo problemático de los vínculos, mas éstos no están allí materialmente, como cosas... son puras re-presentaciones). En el despliegue de la acción, se desafía el repliegue de la inhibición (aunque la inhibición despliega muchas cosas y mucho despliegue puede ser efecto de las inhibiciones). 
La singularidad de la emoción acaecida por la síntesis del arte, manifiesta la universalidad a la que refiere. ¿No es esto mismo, terapéutico? La transformación de un mal en bien; el movimiento de lo siniestro a lo maravilloso (Pichón-Riviere).
Pensar dimensiones de lo vincular abre posibles recorridos de enlace entre sujetos, entre objetos y entre aquéllos y éstos. Arteterapia, como andamiajes a través de los lenguajes artísticos, con el propósito de hallar y fundar vinculaciones allí donde la fragmentación, la desvinculación, la separación, comanda los devenires subjetivos.
Historias (trama, tejido) que convocan líneas de sentido, que enhebran sujetos y sus accionares, que conjugan haceres y placeres, sufrimientos y reflexiones, posibilitando narrativas nuevas, creativas y creadoras de otros reinados subjetivos, de otros adueñamientos simbólicos, de nuevas liberaciones a adquirir.